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26 de febrero de 2011

Pontypool


Simplemente, ya no recuerdo cuándo escribí prosa por última vez.



Sin embargo, el log documenta que desde ese tiempo entré y salí de una mini-depresión, modifiqué la percepción que tengo de mi futuro académico, reordené los intereses en mi tiempo libre, prácticamente dejé de hablar con la mujer con la que creí que iba a casarme, cambié todos mis autores favoritos, alteré mis hábitos de lectura, de gastos y de estudio en forma radical, y de vida saludable en forma definitivamente no tan radical, decidí algunas cosas que no haré y que sí haré con mi futuro, trastorné profundamente mi evaluación de yo mismo, trastoqué mis suscripciones religiosas, pulí mi concepto de felicidad, renové el sentido de las relaciones en mi vida, y en general, pretty much everything changed, ahora que lo trato de escribir y me doy cuenta que podría seguir y seguir.

Nada que extender acerca de esas fruslerías, en todo caso. Si voy a romper un silencio tan largo, y tan poco forzado como por el contrario, natural y orgánico, tiene que ser por algo que valga la pena.

Vi Pontypool.

No quiero arruinarla con nada, ni tan siquiera con sugerir su género, la construcción delicada de los personajes, el manejo del color en la fotografía, o el uso sublime del sonido. Es magnífica, pero ¿de qué voy a hablar si no la quiero tocar para no arruinársela a usted, señor lector?

¿Ud. escribe, mi amigo? ¿Compone, pinta, saca fotos, filma, hace volantines? ¿Le ha pasado eso que sucede cuando mira el trabajo de alguien más y dice oh dios, no hay nada nuevo bajo el sol? Por supuesto que le ha pasado, si repetimos los mismos temas pensando en un cansancio que en verdad no existe, no los agotamos nunca porque no existe tal cosa, sólo hay el regocijo de ver el mismo poliedro por todas sus caras y a todas las luces; y ud. ve el trabajo de ese otro que también le muerde la galletita a dios para ser co-creador del wooniverso, y sabe que él habla en su mismo lenguaje, en su misma frecuencia; que siente, que le duele y le arde y le quema y le sabe dulce y glorioso eso mismo que a usted lo despierta en la mañana y lo arropa por la noche, mi buen señor, ese tema que le da vueltas a la vida y que, seamos sinceros, usted lo cree también, justifica la existencia del mundo entero.

Eso que le pone todos los sabores a coger el lápiz o el pincel o los palillos a crochet o lo que sea que usemos y luchar contra la hoja, contra el color, contra el espacio mismo, contra nosotros mismos y nuestras condenadas ideas limitadas, y nuestras maravillosas ideas limitadoras, como cercos que rodean y contienen y nombran y nos dan la posesión de eso que nos palpita en el alma, ese lazo que lanzamos en la negrura de lo que no existe aún y vuelve con una criatura fantástica atrapada.

Y no importa que el de al lado pesque a nuestra misma trucha, el mar es grande, es fabuloso e infinito y puede hacernos a todos felices, porque cuando uno le da permiso, la trucha del de al lado brilla igual de linda y salta lo mismo de espontánea, y nos pone en la luminosa y brillante nirvana de la meta-comprensión tal cual.

Eso es Pontypool para mí, con mis temas. Escribí un poema hoy, a las siete y cuarenta y dos de la mañana lo empecé, volviendo de una juerga con mis muchachotes. Podría ser el diálogo final del largometraje. O el largometraje podría ser mi poema. ¿Quién soy entonces?



A veces no importa.

1 comentario:

Susana Marchant dijo...

Me gustó la parte de la trucha.
Reencántese de lo viejo y encátese de lo nuevo Juanito, así parece funcionar esto.
Nos debemos un tecito.
Cariños.
Su